viernes, 15 de abril de 2016

NUBES


Quietas ballenas blancas, surcan el cielo sin movimientos. 
Transportan agua que secará los sudores de los más
 pobres, que aliviará los verdes sufridos, mojando con
 un suave beso persis­tente las resecas resacas de un pasado.
 Beso del cielo, naves grises surcando mares infinitamente
 extensos. Beso del cielo, clima anto­jadizo que las 
devuelve cuando no hay más tiempo. Cargadas por el 
raspoteo de los vientos. Leves espumas de terciopelo.
 Cansinas fluyen por el firmamento, separadas de una 
 madre que jamás conocieron. Los hombres construyeron
 antenas, que se elevan ansiosas por si vienen con truenos.
 Relámpa­gos de sangre azul de un aire que se rompe por
su grito intenso. Bocanadas de bramido que expulsan
 cuando el dolor se hace luz y la sombra, invierno.
 Se llevan, si quieren, los enseres y las mazorcas, cuando
 en furia se convierten por alguna injus­ticia que cometen
 los siervos. Se llevan los alambrados, los techos y nos
 dejan desnudos y al descubierto, porque somos 
empleados de la nada, parte efímera del pasaje natural 
de los tiem­pos. Nos descubre débiles y sin refugio, 
 cuando quieren, si les da la gana y el aliento. 
Algodones voladores surcando el mar por encima
del horizonte, arrastradas por el aliento de la naturaleza, 
 que sopla cuando quiere y puede, porque sabe que su 
soplido es la burbuja del domi­nio sobre la inconsistente 
debilidad del cuerpo. Enormes naves que inventó el 
viento, radares que nos vigilan desde lo alto, por si no 
les cree­mos.

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